background-position

Archivo ECODES

Este es un contenido de archivo, y posiblemente este desactualizado.
Para acceder a los contenidos actuales de la web de ECODES pincha aquí.

Sábado 28 de Agosto de 2010

Por Carmelo Marcén Albero

A lo largo de los últimos meses, los medios de comunicación han recogido casi a diario noticias sobre inundaciones. Lluvias torrenciales en febrero en Andalucía, Madeira y Canarias, junio en Asturias, agosto en Córdoba, Alemania y Polonia, etc. A su paso dejan desolación, muerte y graves pérdidas materiales. Son episodios que se repiten con regularidad –obedecen a pulsiones meteorológicas- por lo que el sentido común aconseja estar preparados para cuando ocurran. Los sistemas de observación actuales han mejorado mucho, lo que permite emitir alarmas que reducen considerablemente los daños humanos. Sin embargo, los quebrantos económicos y sociales siguen siendo cuantiosos porque falla estrepitosamente la prevención, sobre todo en lo que se refiere a la ocupación del territorio por construcciones residenciales o comerciales. Se construye en llanuras de inundación, se eliminan ramblas y se vive sin reconocer el riesgo, aunque se sabe que tarde o temprano el agua querrá recuperar sus cauces. Afortunadamente los servicios de protección civil y de socorro funcionan y se minimizan los daños; no se repite la desatención y la falta de preparación de las riadas de Valencia de octubre de 1957 que se llevaron por delante más de cien personas y media ciudad.
Durante el mes de agosto las lluvias monzónicas han hecho estragos en China, India, Bangladesh y especialmente en Pakistán. En este país, el Indo y sus afluentes han anegado casi un tercio del territorio, llevándose la vida de varios miles de personas y las casas de cuatro millones de habitantes; los desplazados pueden llegar a los 20 millones. En estos lugares en donde la densidad va pareja a la pobreza y los sistemas de prevención fallan, a diferencia de las catástrofes que ocurren en Europa, se magnifican todos los desastres naturales y sociales. El gobierno paquistaní es incapaz de socorrer a los damnificados y solicita la ayuda internacional que le llega con cuentagotas. La opinión internacional y los medios de comunicación occidentales no se han sensibilizado como en el caso de Haití, pues seguramente se desconfía de un país de equilibrios políticos difíciles y con actuaciones poco claras en conflictos internacionales. La ONU, que puso en marcha en 2006 una Estrategia Internacional para la reducción de los desastres naturales, se esfuerza por hacer llegar los primeros auxilios. Las ONGs administran como pueden sus ayudas pero éstas constituyen cuidados paliativos ante tanta desgracia. Cuando aparezcan las enfermedades relacionadas con la calidad del agua los efectos pueden ser dramáticos. Sin duda, el impacto económico y social para el país durará varias décadas.
Durante estos días, algunos medios de comunicación han relacionado estos episodios meteorológicos (olas de calor como la que soporta Rusia este verano e inundaciones) con los efectos del cambio climático; otros niegan la vinculación pues dicen que siempre han existido. Sin duda algo ha cambiado, aunque habrá que esperar a contrastar los modelos matemáticos desarrollados por científicos como Klaus Hasselmann que aseguran que la probabilidad de que esa variabilidad climática sea debida a causas naturales es del 5%, mientras que los gases de efecto invernadero pueden ser responsables del otro 95%.
El Centro de Investigación de los Desastres de la Universidad de Lovaina, la FAO y la UNESCO concretan que las inundaciones son la mitad de los riesgos asociados a fenómenos naturales. Existen documentos que atestiguan la virulencia con la que han sacudido regularmente amplias zonas de la Tierra. El Informe de las Naciones Unidas sobre el Desarrollo de los Recursos Hídricos en el mundo recoge que más de 550.000 personas perecieron en desastres relacionados con el agua en la década 1990-2000; el 97% de ellas habitaban en países pobres. Es hora de que los organismos internacionales y los gobiernos de los países aborden la ética de los desastres naturales, de que en esas cumbres grandilocuentes que celebran cada cierto tiempo olviden sus maniobras políticas y piensen en el bienestar de sus ciudadanos. Mientras tanto, quienes vivimos en los países ricos debemos colaborar, con ayudas económicas y reduciendo nuestras emisiones, en minimizar los efectos de las catástrofes que sufren aquellos que parece que han nacido en un lugar equivocado.

Publicado en el Heraldo de Aragón

Es tiempo de actuar

Es el momento de dejar de pensar que puede hacer el planeta por ti y pensar qué puedes hacer tú por el planeta.

Actúa YA como persona, como empresa, entidad o administración:

Aviso legal | Privacidad | Cookies