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Jueves 30 de Septiembre de 2010

Por Enrique Uldemolins Julve

Persisten todavía los ecos de la reciente cumbre de Jefes de Estado y de Gobierno en Nueva York que, atendiendo la invitación del Secretario General de las Naciones Unidas, se dieron cita en la sede de Naciones Unidas para una revisión quinquenal de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM). La siguiente cumbre, será en 2015 y la cuestión será que los mandatarios y representantes de los gobiernos que asistan entonces deberán evaluar hasta qué punto la comunidad internacional ha conseguido los resultados que se planteó alcanzar a lo largo de estos 15 años. Tres días de debates nos han dejado una Declaración, algunos compromisos (un nuevo fondo global para la salud de mujeres y niños con compromisos de recaudar 40.000 millones de dólares -y si tienen curiosidad, échenle un vistazo al listado de actores que han suscrito el compromiso; la alianza de empresas privadas, gobiernos, instituciones universitarias, donantes privados, agencias de cooperación, es significativamente novedosa) y muchos discursos.

Las expectativas suscitadas por la cumbre imponen un rápido análisis de los resultados de la misma. Revisando la Declaración final, lo que se dijo en esos días, los acuerdos adoptados, la tentación es concluir con un “más de lo mismo” y lamentar que los líderes internacionales no se comprometieran de una manera más concreta en la lucha contra la pobreza. Quienes argumentan que no se han generado ideas nuevas bajo el sol de las declaraciones de la cumbre proceden en igual medida del bando del moderado optimismo o de las trincheras del pesimismo que miran la botella de la lucha contra la pobreza medio vacía. Los primeros valoran los resultados de la cumbre convencidos de que los Objetivos de Desarrollo del Milenio son alcanzables siempre que se haga un último esfuerzo ya que estamos en la dirección correcta. Los segundos, lamentan la falta de compromiso de los países más ricos en su lucha contra la pobreza. Pesimistas y optimistas comparten la idea de que es doblemente pertinente seguir llamando la atención y reclamar un aumento de los recursos que se destinan a este fin.

Sin estar en desacuerdo del todo con ambos enfoques, -al fin y al cabo, más recursos y más ayuda, son siempre bienvenidos y son extremadamente útiles- para valorar los resultados de esta Cumbre quizá debamos revisar los puntos de vista que inspiran las respuestas de unos y otros. Desde que los ODM tomaron cuerpo tras la Declaración del Milenio de Naciones Unidas en la Asamblea General del año 2000, el mundo ha cambiado de forma extraordinaria, inimaginable hace tan solo una década.

El cambio más notable tiene que ver con la transformación en la capacidad económica de los países en desarrollo. Aunque se trata de un proceso que se inició hace más de 20 años, ahora empieza a manifestarse de una manera inequívoca. A esta transformación estructural de la economía mundial la OCDE le ha puesto nombre: el “desplazamiento de la riqueza”. En el año 2000, cuando se promulgaron los ODM, los países en desarrollo aportaban al PIB mundial el 40%; en 2010 esa contribución ha crecido al 49% y, según las estimaciones del Centro de Desarrollo de la OCDE, en el año 2030 será de un 60%. El impacto que este deslazamiento en la generación de la riqueza tiene sobre nuestra visión de la pobreza, del desarrollo, de la ayuda oficial y la cooperación para el desarrollo no ha sido aún interiorizada. Y aunque el crecimiento económico en términos absolutos está muy concentrado en unos pocos países (China, India, Brasil, Turquía...), la buena noticia es que a día de hoy hay 65 países cuyas economías están en un proceso de convergencia creciente con las de los países ricos. Estar en un camino convergente con los países ricos quiere decir, de acuerdo a esta clasificación elaborada por la OCDE, que el crecimiento del ingreso per capita promedio ha sido superior al de los países de la OCDE durante las dos últimas décadas. Otra constatación interesante es que, usando esta metodología, a día de hoy hay menos países pobres que hace 20 años. Frente a los 55 países que estarían en la categoría de pobres, hoy habría 25. El punto es que, dado el peso que tienen los países emergentes, en la actualidad la mayor parte de los pobres del mundo viven en los países de renta media. Lo que quiere decir que aproximadamente 1.300 millones de pobres viven en países de renta media frente a los 370 millones que viven en los 41 países de bajo ingreso, o cuyo PIB per cápita es inferior a los 935 dólares, según los datos del Banco Mundial. De éstos, solo un 12% vive en alguno de los caracterizados como estados frágiles.

Desde esta perspectiva, el cumplimiento de los ODM y la lucha contra la pobreza nos enfrenta a un realidad ligeramente diferente a la que pensábamos estar respondiendo. Parafraseando el trabajo de Andy Sumner del International Development Studies (IDS), los pobres ya no están donde pensamos que estaban. Y ello, tiene profundas implicaciones a la hora de replantearnos las políticas de desarrollo, la Ayuda Oficial y la Cooperación para el Desarrollo. Los resultados de la Cumbre avanzan algunas respuestas tentativas y un tanto perplejas a las preguntas que suscitan las profundas transformaciones que atraviesan el continente del desarrollo. Empezamos a pensar que la lucha contra la pobreza no es cuestión de incrementar el volumen de recursos que se destina a ello. Y que los programas de acción para combatirla, posiblemente haya que buscarlos en la economía política antes que en la ayuda para el desarrollo, aunque esta sea todavía momentáneamente necesaria.

Versión ampliada del artículo publicado en el Heraldo de Aragón

Es tiempo de actuar

Es el momento de dejar de pensar que puede hacer el planeta por ti y pensar qué puedes hacer tú por el planeta.

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