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Domingo 27 de Febrero de 2011

Por María José González Ordovás - Consejera de Ecodes. Profesora de la Universidad de Zaragoza.

A estas alturas de la crisis y, sobre todo, de los comentarios que la crisis ha traído consigo creo que más de uno nos preguntamos dónde termina lo posible y dónde comienza lo irrealizable. El exceso también afecta a la palabra y el torrente de opiniones presuntamente cualificadas acaba por provocar la duda de dónde están los límites. ¿Asiste la razón a quienes sostienen que es preciso recortar los derechos sociales? O, por el contrario, ¿se trata de una maniobra neoliberal que trata de aprovechar la confusión para ganar adeptos?

ESTA PROLIFERACIÓN de juicios en toda clase de medios de comunicación y rincones de la vida diaria acaba por producir palabras desgastadas y discursos desvaídos que desvirtúan el poder de la palabra. Así las cosas, un tanto aturdidos por tantas y tan variadas valoraciones intelectuales hacemos un sitio para nuestros sentimientos. Los hay que encuentran irritante la desigualdad y los hay que no, pues la perciben como el deseado y natural reflejo del libre desarrollo de la libertad y personalidad.

Cuando de conceptos se trata es posible, en su caso, hablar de error o equivocación pero no cuando nos movemos en el terreno de las emociones. En realidad, tiendo a pensar que buscamos amparo científico para cobijar y avalar nuestras preferencias e inclinaciones. De hecho, solemos sintonizar la tertulia radiofónica que refrenda y refuerza nuestra percepción de las cosas y huimos, o casi, de la que nos contradice o inquieta. No es de extrañar: siempre es uno quien está más cerca de la verdad y los otros, los que disienten, más lejos. Y es así como vamos construyendo una realidad socioeconómica a dos voces.

Quizás debiera entrar en escena una consideración diferente, la de que cada día nos resulta más difícil gestionar y vivir ateniéndonos a lo conocido. Si todo cambia y lo hace tan vertiginosamente ¿en qué basamos esta férrea convicción nuestra de que con las viejas teorías y categorías podremos comprender nuestra posición en el mundo? Me resulta difícil creer que con artilugios viejos podamos orientarnos en los tiempos nuevos. Sin flexibilidad estamos más o menos extraviados en un mar de pensamientos sin pensadores, pero sin principios estamos perdidos en un charco de intereses no siempre confesables. Es muy probable que alguien (sindicalista o no) haya pensado: "vaya, ya tardaba mucho en salir la palabrita flexibilidad"; y es que el frecuente abuso que se ha hecho de ella en lo referente al mercado laboral la hace detestable a nuestros ojos. Cómo no, si ha conseguido reducir nuestra vida a cifras y éstas a la relación entre producción y muerte. Sin embargo, creo que hemos de tratar de huir de esos límites condicionantes y acercarnos a la idea de flexibilidad en tanto que adaptación al tiempo, a la realidad, al espacio, a los otros y hacerlo sin identificarla con el relativismo moral, porque somos tiempo y somos en el tiempo. Sin ella no sé si podremos hacernos frente a nosotros mismos. En todo caso, en ese incesante ir y venir del corazón al concepto me quedo con la duda de saber si se puede decir media verdad o dar medio beso.

Fuente: El Periódico de Aragón

Es tiempo de actuar

Es el momento de dejar de pensar que puede hacer el planeta por ti y pensar qué puedes hacer tú por el planeta.

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