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Domingo 30 de Enero de 2011

Por María José González Ordovás - Consejera de Ecodes. Profesora de la Universidad de Zaragoza.

A la conocida forma de resistencia pasiva y pacífica empleada y desarrollada por Gandhi se le denomina Satyagraha. Algunos intelectuales, como Scott Card, más allá de esa primera aproximación la conciben como "la disposición a soportar un gran sufrimiento personal por hacer lo que es adecuado". La diferencia no es pequeña pues, de admitir esta segunda acepción, reconoceríamos que tal vez lo adecuado no sea siempre pasivo y pacífico. Probablemente no todos, ni siquiera la mayoría de los manifestantes tunecinos, egipcios, argelinos o de cualesquiera países cuyas formas de gobierno son manifiestamente injustas, conozcan a Scott Card. Ese desconocimiento no resulta relevante, lo que sí tiene importancia es que uno y otros parecen haber llegado a la misma conclusión.

Como corresponde a su visión intelectual, Norbert Elías concibió la política como "un combate para definir el bien común". Ante dicha aseveración sólo se me ocurren dos opciones: o bien Elías nunca llegó a imaginar la existencia de tiranos tan corruptos como hoy conocemos, cosa improbable dada la biografía y cultura del filósofo alemán o bien no llamaba política a la actividad cuyo objeto no sea la búsqueda del bien común. Sea como fuere esa continua y legítima demanda conduce inexorablemente a la cuestión de la moralidad de la acción pública.

¿Es moral que algunos líderes europeos se defiendan de las acusaciones por su forma de llevar la "crisis tunecina" por no haber sido capaces de reconocer la fuerza de las pretensiones de la ciudadanía? Según se ve, todo es debido a un error de cálculo al pensar que no prosperarían las protestas. Y, en consecuencia, como ahora, contra todo pronóstico, van prosperando hay que apoyarlas. ¿Pero no es ese un planteamiento poco ético además de interesado? Según parece la libertad, la igualdad y la fraternidad son estrictamente geográficas y más allá de las fronteras de sus diseñadores no pasan de ser una proyección holográfica.

Provistos de la energía que da la verdad, la de saber que sus políticos no sólo no defienden sus derechos sino que algunos de ellos forma parte de quienes los vulneran, miles de personas desesperadas salen a las calles pensando que hacen lo correcto por duras que puedan ser las consecuencias. ¿Por qué ahora? ¿Por qué así? Tal vez porque la desesperación, igual en los suburbios parisinos que en los tunecinos suele ser la antesala de la violencia.

Es verdad que no hay sociedad sin conflicto pero ello no significa que no haya sociedad sin violencia. Conflicto y violencia no son sinónimos. El primero forma parte de la insociable sociabilidad de los hombres, por utilizar la sabia expresión kantiana; la segunda forma parte de un fracaso, no tanto la ineficacia de los derechos humanos cuanto la falta de voluntad de dotar de eficacia a los derechos humanos. No es el tiempo quien hace mal las cosas, sino nosotros mismos.

Sin respuestas, sin derechos y sin esperanzas de conseguirlos a través de la labor de sus políticos no debería extrañarnos que emigren, convencidos de que la vida no está en sus países sino en los nuestros y que traten de recuperar algo de esa dignidad que les ha sido despojada.

Fuente: El Periódico de Aragón

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